A
través del sermón del pastor David Jang sobre Romanos 7, reflexionamos sobre
cómo la ley y el Evangelio, la gracia y el arrepentimiento, y la obediencia de
la fe nos conducen a la verdadera libertad.
En
el relato «Ante la ley», de Franz Kafka, aparece un hombre que pasa toda su
vida frente a una puerta, pero que finalmente nunca logra atravesarla. Aunque
la puerta parecía estar abierta para él, no pudo cruzarla para entrar en el
camino de la vida. Esta breve e inquietante historia proyecta una sombra
persistente sobre el corazón de quien lee Romanos 7. La ley es como una puerta
santa colocada delante del ser humano. No le permite ocultar su pecado, pone al
descubierto la codicia y la justicia propia escondidas en lo profundo del
corazón, y revela la verdadera condición del ser humano cuando se encuentra
ante Dios. Sin embargo, permanecer frente a la puerta no puede darle vida. El
camino que salva al pecador no es la sentencia de la ley, sino la gracia del
Evangelio abierta en Cristo.
El
pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, explica en
su sermón sobre Romanos 7 que Pablo nunca intentó abolir la ley. Pablo no fue
una persona que considerara la ley con ligereza. Por el contrario, amaba la ley
más que muchos otros y procuraba descubrir en ella la voluntad de Dios. Sin
embargo, en Cristo llegó a comprender algo decisivo: la ley es un espejo santo
que revela el pecado, pero el poder para justificar al pecador se encuentra en
el Evangelio.
Por
eso, Romanos 7 no es un capítulo que enfrente la ley y la gracia como si fueran
enemigas. Es, más bien, un profundo espacio de meditación bíblica que distingue
con gran claridad el lugar de la ley y el poder del Evangelio. La resonancia de
este capítulo tampoco resulta extraña para la fe de nuestro tiempo. Con
frecuencia, las personas convierten la Palabra de Dios en un instrumento para
confirmar su propia justicia o, en el extremo contrario, hablan de la gracia
mientras restan importancia a las exigencias de la Palabra. Pero el camino que
muestra Pablo no consiste en elegir una de estas dos opciones. Reconoce la
santidad de la ley y, al mismo tiempo, da testimonio de que solo Cristo posee
el poder para salvar al pecador cuya condición ha quedado expuesta delante de
esa ley. Cuando no perdemos este equilibrio, la meditación bíblica deja de
estar encerrada en una simple exhortación moral y puede penetrar profundamente
en el corazón del Evangelio.
El
rostro del pecado revelado ante el espejo
La
ley incomoda al ser humano porque ilumina las zonas del corazón que este desea
ocultar. La codicia, el orgullo, la desobediencia y la justicia propia pueden
disimularse fácilmente ante los ojos de los demás, pero pierden todo lugar
donde esconderse delante de la Palabra de Dios. Cuando Pablo confiesa: «Yo no
habría conocido el pecado sino por la ley», no está diciendo que la ley sea
mala. Al contrario, está afirmando que la ley es una Palabra buena y necesaria.
El
problema no está en la ley, sino en el ser humano que se encuentra bajo el
dominio del pecado. Mediante los mandatos «haz esto» y «no hagas aquello», la
ley muestra el santo criterio de Dios. Sin embargo, ante ese criterio, el ser
humano descubre su propia incapacidad. La Palabra es elevada y buena, pero el
corazón sometido al poder del pecado no puede llevar ese buen mandamiento a su
plena realización en la vida. Por eso, la ley no fue dada para encerrarnos en
la desesperación, sino para hacernos comprender cuánto necesitamos el
Evangelio.
Sin
la ley, el arrepentimiento se vuelve confuso, porque el pecado deja de ser
reconocido como pecado. Pero sin el Evangelio, también desaparece la esperanza,
porque, aunque la persona vea su pecado, no puede descubrir el camino para ser
liberada de él. La profundidad teológica de Romanos 7 resplandece precisamente
dentro de esta tensión. La ley nos despierta y el Evangelio nos da vida. El
espejo no puede lavar la suciedad del rostro, pero permite verla. Y ese
reconocimiento se convierte en el primer paso hacia la gracia.
En
este sentido, el arrepentimiento no es odio hacia uno mismo. Arrepentirse
significa contemplar honestamente nuestra verdadera condición delante de la ley
y, al mismo tiempo, creer que en el Evangelio se ha abierto un camino para
regresar a Dios. Reconocer el pecado no es lo mismo que quedar atrapado en el
sentimiento de culpa. La ley revela el pecado, pero la gracia da al pecador la
esperanza de levantarse nuevamente. Por lo tanto, Romanos 7 no es un capítulo
de desesperación, sino un canal de gracia que nos hace atravesar la
desesperación para entrar por la puerta del Evangelio.
Más
allá del umbral de la condenación, hacia el lugar de la gracia
La
comparación con el matrimonio que aparece en Romanos 7 constituye uno de los
pasajes más delicados de la argumentación de Pablo. Mediante la imagen de una
mujer que está ligada a su marido mientras él vive, pero que queda libre de esa
ley cuando él muere, Pablo explica la nueva relación del creyente. Lo
importante aquí no es afirmar que la ley haya muerto. Lo que ha muerto es el
viejo ser humano juntamente con Cristo. El creyente no es simplemente una
persona que ha cambiado de normas, sino alguien cuya pertenencia y condición
existencial han sido transformadas.
La
explicación del pastor David Jang adquiere especial fuerza en este punto. El
viejo ser humano, que se encontraba bajo la condenación de la ley, llegó a su
fin en la cruz de Cristo. Puesto que Jesucristo cargó en su propio cuerpo con
el precio del pecado, la ley ya no puede mantener al creyente atado bajo una
sentencia de muerte. Esto no es un consuelo impreciso o sentimental, sino la
libertad real que ofrece el Evangelio de la expiación. Es la proclamación de
que la palabra definitiva ya no pertenece al lenguaje de la condenación, sino a
la gracia de la cruz.
Sin
embargo, esta libertad nunca significa libertinaje. La gracia no es un permiso
para tomar el pecado a la ligera, sino el poder que nos permite comprender con
mayor profundidad el peso del pecado delante de la cruz. Quien conoce el alto
precio de la gracia no habla del pecado con ligereza. La persona perdonada no
es alguien que justifica su pecado, sino alguien que avanza hacia un amor y una
obediencia más profundos. El Evangelio no se limita a ofrecer un alivio
psicológico que borra el sentimiento de culpa. Nos libera del poder del pecado
para que podamos vivir una vida que pertenece a Dios.
La
libertad, por tanto, no consiste en vivir sin normas externas, sino en haber
encontrado un nuevo Señor. Mientras el viejo ser humano estaba esclavizado al
pecado y a la condenación, el nuevo ser humano pertenece a Cristo y vive
abierto hacia Dios. Por eso, el Evangelio no convierte a las personas en seres
irresponsables. Al contrario, las llama a asumir la responsabilidad más
profunda: amar como quienes han sido amados, perdonar como quienes han sido
perdonados y obedecer como quienes han recibido gracia.
Frutos
nacidos del amor, no del temor
Pablo
afirma que fuimos hechos morir a la ley con el propósito de que «llevemos fruto
para Dios». El Evangelio no se detiene en liberarnos del sentimiento de culpa.
La dirección de la vida de quien ha sido unido a Cristo cambia por completo. Y
ese cambio necesariamente se manifiesta en frutos. La salvación no termina en
un consuelo interior, sino que deja señales de una vida nueva en nuestras
relaciones, nuestras palabras y nuestras decisiones.
Este
fruto no es un resultado religioso producido por la fuerza. Así como una rama
permanece unida a la vid y da fruto al recibir de ella la vida, la persona de
fe produce frutos de amor y obediencia cuando permanece en Cristo. Bajo la ley,
el temor movía a la persona; en el Evangelio, es la gracia la que la impulsa.
El temor puede controlar a alguien durante un tiempo, pero el amor transforma
profundamente su ser.
Exteriormente,
estas dos formas de vida pueden parecer semejantes. Ambas pueden hablar de
obediencia, santidad y buenas obras. Sin embargo, sus raíces son completamente
diferentes. Una nace del esfuerzo desesperado por evitar la condenación; la
otra surge como respuesta al amor recibido. La verdadera obediencia no es
producto del miedo, sino fruto gozoso del alma que ha recibido la gracia. Por
eso, la obediencia cristiana no es un trabajo destinado a demostrar el propio
valor, sino un movimiento de gratitud mediante el cual devolvemos con nuestra
vida el amor que ya hemos recibido.
Más
allá de la ley, hacia el propósito profundo de la ley
El
Evangelio no destruye la ley. Al contrario, permite que se cumpla, en una
dimensión mucho más profunda, la voluntad de Dios que la ley señalaba. La ley
dice: «No matarás», pero en el Evangelio el Señor trata incluso la raíz del
odio. La ley dice: «No cometerás adulterio», pero el Señor ilumina hasta los
deseos ocultos del corazón. Por lo tanto, la vida del Evangelio no es una vida
más liviana que la exigida por la ley, sino una vida que alcanza una
profundidad mayor por medio del Espíritu Santo.
El
pastor David Jang subraya que no debemos perder este equilibrio. El legalismo
encierra a las personas en la condenación y el temor, mientras que el
antinomianismo convierte la gracia en una expresión vacía y barata. Pablo
rechaza ambos extremos. La ley es el criterio santo que nos permite ver el
pecado, y el Evangelio es el poder de Dios que nos rescata de ese pecado. Quien
conoce la gracia no desprecia la ley, y quien ha experimentado la desesperación
delante de la ley se aferra con mayor anhelo al Evangelio.
Esta
diferencia también es muy importante para la Iglesia y los creyentes de hoy. El
lenguaje del legalismo puede parecer profundamente piadoso, pero en su interior
pueden esconderse el temor, la comparación y el agotamiento producido por la
necesidad de demostrar el propio valor. En el extremo contrario, cuando se
habla de la gracia mientras se abandonan el arrepentimiento y la obediencia, el
Evangelio deja de ser el poder que renueva la vida y se convierte en una excusa
conveniente. Entre estos dos caminos, Romanos 7 vuelve a conducirnos delante de
la cruz.
Por
eso, Romanos 7 plantea preguntas incisivas para nuestra meditación bíblica
actual. ¿Seguimos viviendo bajo el criterio de la justicia propia y la
condenación? ¿O quizá nos hemos vuelto insensibles al pecado mientras hablamos
de la gracia? La libertad del Evangelio no es un compromiso superficial entre
estos dos extremos. Es el camino de una vida nueva en la que morimos con Cristo
y volvemos a vivir en Cristo.
La
ley nos despierta y la gracia nos levanta. El arrepentimiento se profundiza, la
fe se vuelve más humilde y sensible, y el amor se hace realidad. En ese lugar,
la obediencia deja de ser una pesada obligación y se convierte en una respuesta
gozosa a Dios. La pregunta que deja el sermón del pastor David Jang sobre
Romanos 7 apunta precisamente hacia este lugar: ¿estoy todavía detenido ante la
puerta de la condenación o he entrado por la puerta del Evangelio para vivir
una vida que lleva fruto para Dios? Entonces, la fe deja de ser una espera
inquietante frente a la ley y se convierte en un camino vivo que entra por la
puerta de la gracia y produce fruto.
Video del sermón de David Jang:
